Educación Sexual Integral: hablemos de esto

Fernanda Libro
La nota que leerá a continuación es la opinión de alguien que ejerce la docencia. Más de una vez –si el que lee también es docente habrá experimentado lo mismo- me topé con comentarios de colegas que, a modo de justificación personal, decían: “¿Qué les vamos a enseñar nosotros? ¡Ellos saben mucho más!”. El ellos y el nosotros son los alumnos y los docentes, respectivamente. Lo cierto es que la ley nos obliga a incorporar la E.S.I. en nuestras planificaciones anuales. No hacerlo es negar el derecho que todo alumno, cada uno de “ellos”, tiene: el derecho a la información.
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Una de las confusiones más recurrentes en torno a la Educación Sexual Integral (E.S.I.) tiene que ver con el tipo de contenido que la conforma. Tradicionalmente, al menos así era cuando yo era alumna del nivel medio, la E.S.I. era una unidad de alguna materia como Biología o Educación para la Salud. El abordaje era claramente biologicista: anatomía del cuerpo humano, el ciclo menstrual, órganos reproductores, enfermedades de transmisión sexual y, con suerte, métodos anticonceptivos. Hasta donde yo recuerdo, discusiones sobre diversidad género, orientación sexual, violencia de género o cualquier otro eje vinculado a la subjetividad de una persona en relación a su sexualidad, no eran tocados en ninguna otra materia.

La Ley de Educación Sexual Integral 26.150, sancionada y promulgada en octubre de 2006 por el Congreso de la Nación, establece que “todos los educandos tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos públicos, de gestión estatal y privada de las jurisdicciones nacional, provincial, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y municipal”. La Ley distingue tres ejes básicos de abordaje: el enfoque de Derechos, el reconocimiento de la perspectiva de género y el respeto por la diversidad. De allí su concepción integral de la sexualidad y ya no sólo biologicista del sexo. Creo que era Foucault quien decía que la ley actúa siempre en el pasado, viene a remendar una falencia, una falla que se vuelve evidente ante la sociedad y que reclama una regulación. Quizás con leyes como estas (pienso también en la Ley de Matrimonio Igualitario o la Ley a la Identidad de Género) suceda al revés: la ley establece una regulación ante la que la sociedad no ha alcanzado aún un consenso en su conjunto y muchas veces dice “pido gancho”.

Pero la urgencia es ahora. No podemos seguir haciéndonos los zonzos y, al mismo tiempo, horrorizarnos con los femicidios o la transfobia (espero que todos nos horroricemos ante esto), al tiempo que usamos “puto” como insulto habitual o desempolvamos viejos y poco inocentes refranes del tipo “Mujer al volante, peligro constante”. Dos o tres veces al año, los docentes de la Provincia nos anoticiamos de que el Ministerio de Educación ha propuesto jornadas de reflexión –casi siempre sobre violencia de género- para hacer en simultáneo y “sin escapatoria” un parate en la vorágine del año que ponga a la Escuela de cara a las cosas que como sociedad nos interpelan cada vez con más fuerza. Sin dudas esas jornadas sirven, más si sentimos que en cada escuela, al mismo tiempo, estamos pensando en lo mismo. Pero la cosa cambia de verdad, me parece, si mantenemos la discusión cada día, sin relajarnos y poniéndonos a “nosotros” también contra las cuerdas.

Alguna vez, conversando con un grupo de alumnos, hice un ejercicio que circula en distintos sitios de internet y que propone 12 mitos en torno al uso de métodos anticonceptivos. Las frases o mitos son, obviamente, todas falsas. Pero el ejercicio consiste, justamente, en proponerlas para el debate, a ver qué sale. En general, la mayoría cree en el mito. Tal vez, si hiciéramos el mismo ejercicio entre adultos, más de un mito funcionaría como creencia. ¿O acaso nadie pensó alguna vez que los preservativos de acceso gratuito, como los del hospital, son menos efectivos que los que compramos en la farmacia?

Y es que nadie tiene por qué saber lo que nunca se le enseñó. Lo que no podemos es admitir que, llamados por ley a educar y educarnos, durmamos en la comodidad del “Soy profe de Matemáticas. ¿Cómo voy a dar E.S.I.?” En la medida en que entendamos el cabal sentido de la palabra integral y hagamos la necesaria distinción entre sexo y sexualidad, la disciplina será un detalle menor en el desafío de Educar, con la mayúscula del caso. Quizás sea este un buen casillero de partida para poder seguir entendiendo la educación como la herramienta transformadora que pretendemos que sea. Quizás más que levantar un cartel con la frase “Ni una menos” mientras sintonizamos, un año más, las expresiones más garrafales de machismo televisado.

 

Qué es la sexualidad según la Ley 26.150

El concepto de "sexualidad" aludido por la Ley N° 26.150 excede ampliamente la noción más corriente que la asimila a "genitalidad" o a "relaciones sexuales". Entender que la sexualidad abarca "aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos, implica considerarla como una las dimensiones constitutivas de la persona que, presente de diferentes maneras, es relevante para su despliegue y su bienestar durante toda la vida. En este sentido, se retoma la concepción sostenida por la Organización Mundial de la Salud: "El término ‘sexualidad’ se refiere a una dimensión fundamental del hecho de ser humano. (...) Se expresa en forma de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, actividades, prácticas, roles y relaciones. La sexualidad es el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos, socioeconómicos, culturales, éticos y religiosos o espirituales. (...) En resumen, la sexualidad se practica y se expresa en todo lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos".

El enfoque adoptado por la Ley N° 26.150 tiene como propósito que la Educación Sexual brindada en las escuelas supere el mero estudio de la anatomía y la fisiología de la sexualidad, u otros reduccionismos, sean éstos médicos, psicológicos, jurídicos, filosóficos, religiosos o sociológicos. Atendiendo a la multidimensionalidad de la constitución de la sexualidad, el enfoque integral supone un abordaje que abarque las mediaciones socio-históricas y culturales, los valores compartidos y las emociones y sentimientos que intervienen en los modos de vivir, cuidar, disfrutar, vincularse con el otro y respetar el propio cuerpo y el cuerpo de otras personas. Asumir la educación sexual en la escuela desde esta perspectiva demanda un trabajo dirigido a promover aprendizajes en tres niveles: el pensamiento, los sentimientos y las prácticas concretas.