No hacer olas

Diego Menoyo
La UEPC aceptó la oferta salarial del Gobierno, luego de que concretó, el lunes y martes, un paro por 48 horas en solidaridad con la CTERA. ¿Es este el acuerdo que esperaban los docentes?

Pareciera ser que la cosa pasa por no hacer olas. Después de un año donde la inflación marcó el ritmo de la economía, donde el costo de los servicios y de los insumos esenciales para una familia tipo aumentó considerablemente, el gobierno provincial propone y el sindicato acepta aumentos irrisorios, que sólo pueden intentar correr por detrás a la inflación, deteriorando aún más el salario. ¿Es este un problema de la UEPC? ¿O del SEP? Pareciera que no, que es un problema más amplio que nos abarca a todos como asalariados. Pero en donde los gremios, en vez de unir fuerzas y luchar mancomunadamente como otras veces, (sólo basta recordar la intersindical de gremios docentes UEPC, Sadop, Ademe, UDA, etc.) se arrogan una representatividad para no hacer nada, no hacer olas.

¿Y por qué los gremios no responden, o lo hacen tímidamente?

¿Qué hay de aquella CGT que hacía paro por el impuesto a la ganancia? Y ahora que continúa la misma Ley, sumándose a ello despidos, precariedad laboral y pérdida del salario real, nada hace para manifestar el descontento.

Sin dudas habrá muchas interpretaciones de este proceso: desde voces que se alzan planteando no entender la apatía y el desgano de muchos trabajadores que se callan ante la injusticia, hasta otras que tras un marco de indecente pudor sigue relamiendo sus propios argumentos para justificar lo injustificable. Aquí es cuando lo sindical y lo político partidario se superponen.

Los más intelectuales recurrirán a la especulación dialéctica de “el amo y el esclavo”, para explicar por qué tanta gente necesitada confía en que quien le paga el miserable salario será un día justo y comprensivo, reconocerá nuestro esfuerzo y se compadecerá de nuestra situación repartiendo sus considerables ganancias.

Los antiguos peronistas aseverarán que la falta de unidad del partido los ha llevado a que se pierda en las urnas, cuando simplemente se derrochó las posibilidades por sus propias mezquindades. Querrán ahora proponer unidades y alianzas, ignorando por completo que no existe unidad si no se coincide en las propuestas políticas.  

Los radicales, mientras tanto, lamerán sus heridas en una especie de placer y angustia indescifrable. Han derrotado en las urnas a su contrincante histórico, han bebido el dulce licor del triunfo pero con la certeza de que el licor estaba envenenado. El histórico partido radical corre peligro serio de dejar de existir fragmentado y absorbido por la fuerza incontrolable de una nueva realidad. No parecen ser los cuadros más lúcidos quienes conducen los acuerdos con el Pro.

Lo innegable es que hay un panorama diferente y difícil de analizar con las herramientas tradicionales.

La influencia de los medios de comunicación; la virtualidad mediada por el teléfono celular que hace que los rumores, falsos o verdaderos, se desparramen con inusitada velocidad; la saturación a través del dato sensacionalista y vacío de contenido social; la especulación obscena en la construcción del “deseo de la felicidad” como un producto de supermercado; todo un combo que logra que nos desplacemos cotidianamente de manera incierta, con posturas que parecen contradictoria y ambivalentes, criticando y justificando, callando cuando hubiéramos gritado, aceptando cuando nos hubiéramos negado.

Porque nos hubiéramos negado a un mísero aumento del 15% por más capsula gatillo que citen.

¿Será la condición humana que cuando más tenemos más queremos y pedimos?. Y al revés, ¿cuando nos quitan y nos privan de aquello que obtuvimos con nuestro esfuerzo, refunfuñamos pero lo aceptamos como castigo necesario? ¿Será que estamos destinados a esta obsesiva complacencia?

Espero que no. Por lo menos no ha sido esa nuestra historia. Estoy convencido de que la rebeldía surgirá de forma inesperada, cuestionando y arrastrando lo que se le oponga, buscando un nuevo cauce. Esperemos que aquellos que conducen las estructuras sindicales estén a la altura de las circunstancias.