Pedagogía de la Memoria: entrevista a Vicky Rozza

Fernanda Libro
“El terrorismo de Estado nos pasó a todos”, afirma Vicky. La frase es corta y contundente, como todas las suyas. Conversar con ella es hacer pie en suelos firmes, hechos de largos años de trabajo sostenido y constante. Llegó a casa con una pila de libros bajo el brazo. Extrañamente, libros que logran contar el horror sin abandonar los colores, la palabra y la ronda donde circula. Se fue sin ninguno: me los dejó sin alharacas ni solemnidades, como cosa de todos los días. Acá, un fragmento de lo que fue esa tarde de calor, tereré y charlas.
Especial: la educación en disputa

Aguatrae (At.): ¿Qué es la pedagogía de la Memoria?

Vicky Rozza (V.R.): La pedagogía de la memoria es una disciplina en construcción. No hay una definición de “pedagogía de la memoria” o una bibliografía específica sino que se ha ido nutriendo de las prácticas de la educación popular, como herramienta y se va construyendo, en el tiempo, desde los sitios de la memoria. Un referente puntal para mí, que vengo de la pedagogía popular desde hace mucho, es la Comisión por la Memoria de La Plata, que son quienes comenzaron a sistematizar desde las prácticas y a pensar categorías para ir construyendo la Pedagogía de la Memoria. Y luego cada espacio de formación, en este caso los sitios de la memoria que es mi práctica más intensa, tiene que ver con lo que se va sumando en el camino. Hay ejes centrales: la educación popular es uno. Esto de ser freireanos nos pone a reflexionar sobre todo. Empezamos a trabajar en un lugar que no existía: no era ni una escuela, ni un museo, ni una universidad. Era un sitio de memoria. Pero sí sabían los compañeros –de H.I.J.O.S. y Ludmila, la primera directora-, qué áreas sí querían que ese sitio tuviera: investigación, historia oral y educación.

At: ¿Estamos hablando de la D2?

V.R.: Ex D2, el Archivo de la Memoria. [Mi furcio y su corrección dan cuenta del camino recorrido, del trabajo de muchos.] Y también esta cosa tan “graciosa” de que esto va a ser un archivo de la memoria y no había un sólo papel. Entonces era un desafío re interesante. Si bien había que inventarlo todo, estaba ese desafío de inventarlo y construir con otros, colectivamente de verdad. Pensar cómo salíamos a la búsqueda de documentos, cómo aprovechábamos la Ley de la Memoria para ir a las comisarías, a los hospitales, etc. En el área de pedagogía, en la que estuve un montón de años, lo primero que yo no quería era hacer visitas guiadas, que es lo lógico en un museo. Eso obviamente me impulsó a estudiar. Tener la práctica diaria de recibir participantes, grupos y circular la palabra, que es lo fundamental, nos posibilitó construir el relato colectivamente, a partir de las cosas que los chicos y jóvenes dicen. Por ejemplo, los chicos de primaria decían “¿por qué tienen las pareces tan horribles, tan descascaradas, tan feas?” Y eso nos permitió armar un relato sobre las texturas del lugar, sobre las capas de memoria y de las paredes como metáforas de esas capas. Hay adobe, hay cemento, hay muchas capas de pintura para tapar, la mayoría blancas. El relato de los sobrevivientes dice que en los años más duros del campo las paredes eran grises. Pero encima del gris hay muchas capas de blanco. Sin embargo, el gris aparece. A lo mejor, en esto de hablar de las historias de vida, de los libros prohibidos, desde la literatura que es mi disciplina más querida, no se me hubiera ocurrido armar el relato colectivamente con los participantes a partir de la estructura de las paredes. Y es re interesante porque después vos cómo le explicás a un niño que eso es un sitio de la memoria, si no hay ni libros, ni cuadros, ni bustos sino que el objeto es el “sitio”. Y ellos lo dicen primero.

At: ¿Al sitio van estudiantes exclusivamente?

V.R.: No. Lo que sí ocurrió, desde el principio, es que nunca tuve que salir a invitar. Las escuelas vinieron antes que yo: a mí no me habían nombrado y las escuelas ya iba. Estamos hablando de hace diez años ya. Del 2006, que es el año de la Ley de la Memoria. Lo que pude hacer fue organizar todo ese número de escuelas que sí querían venir. Lo que yo quería era que saliera de los propios grupos la forma en la que íbamos a recorrer el sitio. Y cambiarle el nombre de visita. Pensando que cada palabra tiene un pensamiento atrás, no queríamos decir “visitas”, pero de algún modo había que nombrar. Finalmente quedó “encuentros de memoria”, y realmente eso hicimos: encuentros, muy dialógicos, entre todos. Las escuelas siempre vinieron, primarias y secundarias, pero no podían ser los únicos en llegar.

Así que mi tercer proyecto, al tercer año de estar ahí, fue desescolarizar el sitio: de pronto teníamos diez mil pibes al año y yo diciendo que había que desescolarizar el sitio. No que las escuelas no vinieran, las escuelas iban a seguir viniendo. Pero tenían que venir también los gremios, los vecinos del barrio, los trabajadores del comercio del centro. Y así desescolarizar. Y pensar la misma lógica con cada uno de estos sectores. Con algunos gremios tuvimos experiencias buenísimas: pudimos conformar relatos juntos, y pudieron llevarse a su gremio documentación que no tenían, de trabajadores desaparecidos, detenidos o historias de vida.

At: ¿Cómo se narra, cómo se da a conocer lo sucedido en esos sitios?

V.R.: Una postura pedagógica-política muy clara para mí es no reproducir el horror. Pero claro, vienen los chicos y quieren saber dónde estaba la sala de torturas y qué les hacían, y es lógico: a esas edades el morbo es fascinante. Entonces la idea es pensar ese relato junto con los chicos, hablarlo desde lo sensible. Eso que Jaques Rancière llama “el reparto de lo sensible”, que va formando parte de las prácticas del contar.

La cosa del cuerpo en el archivo me costó un montón, sobre todo con la gente más grande que no entendían por qué los chicos que venían jugaban en el patio, por ejemplo. Porque en verdad, y más allá de todas las dinámicas que se puedan proponer, es un lugar sobrecogedor, estremecedor. Pero la intención es justamente que no salgas con la impresión de que “ya lo vi, ya está, no quiero volver más”, sino al revés: que quieras volver, que puedas estar adentro. Sobre esto aprendí un montón en Colombia, en un congreso que hubo de educación en contextos de conflictos armados, donde hay que pelearle los pibes para la escuela a los parapoliciales, que les ofrecen armas, sueldos, de todo. Y la verdad es que aprendí muchísimo de los maestros colombianos, sobre todo de la zona del Pacífico colombiano, que es la región más castigada por la violencia. Bueno, de hecho en la última votación por el desarme, en ese lugar, el 94% votó por la paz.

At: ¿Cómo jugó la sentencia en esta educación en la Memoria?

V.R.: En la última sentencia estuvo muy interesante volver a encontrar ahí a muchos docentes y estudiantes que habían pasado por los sitios de la memoria. Y nos paraban ahí y nos preguntaban “¿Te acordás de mí?” Y las mismas docentes no decían “los chicos querían venir”.

El hecho de haber estado ahí, de haber pasado por el cuerpo la experiencia de la sentencia, eso es el reparto de lo sensible. Algo que no necesariamente pasa por aprender intelectualmente sino que tiene que ver con “experienciarlo”. Con hacerlo cuerpo y hacerlo propio. Nosotros decimos “el terrorismo de estado nos pasó a todos”. Y más allá de la frase, se construye así: cuando los pibes están hablando de ellos y es su historia también.

Anuncio