Roberto Cantos, un artista a contramano del olvido

Fernanda Libro
Aunque nació en Santiago del Estero, hace décadas que eligió a Río Ceballos como su lugar en el mundo. Aunque estudió medicina, se convirtió en un artista popular, músico, cantor, productor y compositor de canciones que se convirtieron en verdaderos himnos, como Peregrinos. Conversamos con él sobre su trayectoria, la escena folklórica actual, su mirada de la cultura y también sobre política y Derechos Humanos.
¡Es ahora o nunca!

Aguatrae (At.): -En 2015 cumplieron 25 años con el Dúo Coplanacu. ¿Cómo son las búsquedas estéticas de dos artistas populares con un cuarto de siglo de trayectoria, y cómo son las tuyas?

Roberto Cantos (R.C.): -En este camino nos hemos ido dando cuenta de que no hay una gran búsqueda. Es todo de a poquito, más bien uno se va encontrando. Más que búsquedas son encuentros. Cuando uno se dispone o decide ser músico ya tiene una mirada, una dirección. Que le prestes atención o no, que te la creas o no, ya es otro problema. Cuando uno anda sensiblemente caminando por esos caminos tan increíbles de ser cantor, es un camino muy extraordinario. Cuando te toca eso está bueno estar atento.

Nosotros hemos tenido encuentros reveladores en ese sentido, hemos empezado ocupando escenarios chicos, para cien personas, pero con un silencio atroz. Empezábamos a cantar y no volaba una mosca, y eso es muy lindo. Ya cuando empiezas a expandirte la gente va con la familia, y los chicos hacen quilombo, y la gente se queja. Uno estaba como mal acostumbrado a que lo estén escuchando con muchísima atención. Es muy lindo tocar una zamba de esa manera, tiene algo de éxtasis, pero cuando empiezas a ser más popular entre comillas, te encuentras con que esa atención ya no está. Lo que eliges para cantar, y la forma que eliges, está condicionado no en el sentido de hacer lo que la gente quiera, sino que estás ocupando un rol histórico en este tiempo como cantor, y como traductor de lo que pasa. Uno va aprendiendo otras formas.

En lo personal mi búsqueda como compositor y cantor nunca ha cambiado sus ejes, mis inquietudes tienen que ver con el hombre formando parte de este paisaje físico e histórico, político, social. Búsquedas que han ido acompañando los espíritus de época, si se quiere de una forma circular, y también llenas de encuentros. Yo, cuando hago una canción, no la hago porque la busque sino porque la he encontrado.

Es un poco soberbio pretender que uno construye su camino: uno tiene hijos y los hijos construyen con uno. Cantamos mayormente cosas que hemos escuchado de changuitos, en Santiago, en los sesenta, cuando la radio era la mayor fuente de música y estaba prendida todo el día en los patios con folklore. Esa cotidianidad es nuestra genética. No es que has estado buscando qué cantar. Como dice Julio (Paz), a veces se nos presenta una zamba que hemos escuchado mil veces, como algo nuevo, para este momento. Con “Agitando pañuelos” pasó eso.  Y no es que sea nueva, pero se te presenta. Uno tiene un camino, pero creo que de aquí para atrás. Yo era médico, así que de pensar ámbito futuro nada.

At.: ¿Cómo ves el escenario de la música popular en este momento, en relación a otras épocas y también comparado al panorama nacional?

R.C.: -Los panoramas musicales siempre van acompañando las diferentes realidades. Hay un semillero que ya no es tan semillero. Cada vez hay más gente planteando su propuesta con una responsabilidad tremenda, con mucha seriedad. Es característico de Córdoba que haya muchos artistas que no son de Córdoba, pero que viven acá. Chicos que vinieron a estudiar y se quedaron, no sólo en la ciudad si no en las afueras. Hay eventos icónicos como el festival de San Antonio de Arredondo, la Peña nuestra, la Peña de Raly Barrionuevo, Cosquín antes también con su movida, la importancia de la danza a través del Negro Valdivia. Mucha gente que ha dado vuelta la cosa en el sentido de hacerla posible. Antes bailaban sólo las academias, que se ocupaban más de la ropa, de la coreografía, y nada de la expresión, con una cosa muy académica, muy acartonada. Y hay gente como Juan Saavedra, el Chúcaro, que empezaron a poner su intuición, luego su expresión, abriendo un panorama infinito. Silvia Zerbini también, hoy Directora del Ballet Folklórico Nacional. Presentan al folklore como algo con lo que uno puede expresarse,  que tiene que ver con nuestra identidad. Ha pasado con la composición, la expresión, la danza. Hoy hay cada vez más propuestas que podríamos llamar eclécticas, y cada vez menos esa mirada anacrónica, esa  cosa reaccionaria de decir “cómo una chacarera se va a tocar con una batería”. Cuando te preguntan cómo ves el panorama del folklore, lo que te preguntan en realidad es cómo ves la industria: las discográficas, los festivales, los medios, los programas. Y son cosas muy distintas. Siempre lo decimos, en cada pueblito hay un cantor viejo, y uno pendejo. En las ciudades pasa lo mismo: se nutren de las vivencias despojadas de la muchachada. José Luis Aguirre, Ramiro González, representan una vivencia mucho más auténtica, terrenal, regional, profunda, que otros autores que simplemente especulan con la forma.

No logro entender el tema de la mentira. De que los tipos que tienen voz mientan, y a nadie se le mueva un pelo. Que el presidente diga que vamos creciendo cuando todos los índices propios van para atrás, y no se les mueve un pelo.  La política es el arte del bien común, a esta gente está clarísimo que el bien común les importa un carajo.

At.: -También nos preguntamos si la industria, las discográficas, los difusores, los centros culturales, no pueden provocar también que ese cantor popular tenga un lugar en la cultura.

R.C.: -Lo que la industria pone de moda y después descarta. Un compositor auténtico no va a tener nunca que ver con las modas. No sé si hablar de autenticidad. Un cantor al que le interese el éxito se mete en ese embudo y si tiene más o menos facha y talento, claro, despega. Pero estaría genial que la industria y le proponga a José Luis Aguirre hacer cinco discos, y le banque las giras, ojalá, para que lo conozcan todos. Pero es la eterna dicotomía. Con la televisión pasa lo mismo. Hay programas de folklore en Buenos Aires donde es imposible que quepan propuestas más o menos serias. La gente ve un tipo que apareció mucho en televisión y es como un fantasma. Toda esa fascinación desde Buenos Aires en el campo de la música popular es utilizada de una manera muy pobre, que es sólo especulación, que no es muy pensada.

At.: -Hay nombres, de hecho, que resuenan junto a los de ustedes: Peteco Carabajal, Raúl Carnota, Chango Farías Gómez, Suna Rocha, entre otros. Ustedes son  parte de esa constelación. ¿Qué cosas tienen en común?

R.C.: -Un gran convencimiento artístico, o de la propuesta. Nuestro gran motor para hacer lo que hemos hecho durante tanto tiempo ha sido ese: que está bueno, que vale la pena, que produce lo que tiene que producir en la gente, y así cumple su rol. Todos esos artistas han sido tipos muy convencidos. Y cuando uno está convencido es más difícil de capturar. Carnota y Chango han sido jóvenes fascinados por todo lo que traía consigo el ser conocido, pero cuando la propuesta ocupa el campo de tus inquietudes no hay nada que la corra. Y lo desarrollas en tu casa con la guitarra, cuando te sientas a componer, a ensayar. No es presa fácil de los productores de éxitos. No nos interesa alejarnos de ese lugar. Hablando de Carnota, su talento no es comparable con el de un productor de éxitos. Estos músicos tenían un bagaje tremendo.

At.: -Pensando en los discos de Mercedes Sosa de los años sesenta, parece que hubieran sido escritos para este momento. Y pensamos en lo difícil que ha sido hacer esos discos en esa época. Debe haber conllevado adversidades, por lo menos por no haber estado en la tónica de la hegemonía cultural. Y tal vez ahí radica su potencia, su trascendencia.

R.C.: -Esa trascendencia tiene que ver con tu adentro. De chango yo me compraba un disco, que era caro, lo ponía el equipo y me ponía a escucharlo una hora y media, sin imágenes que lo acompañaran, lo desmenuzaba, lo disfrutaba, me lo aprendía. Y al otro día igual, lo compartía. Escuchar música era otra cosa. Hasta que me alcanzaba la guita para comprar otro disco. Hoy las cosas son tan diferentes. Yo tengo un hijo de treinta, muy sensible a la música, que escucha los discos en la calle, con auriculares. El disco no existe. Yo tengo discos en mi computadora que no escucho nunca. Así ha cambiado el disco. Y desde acá ese disco de Mercedes Sosa, con la guitarra y el bombo, nada más, y esas canciones, esas canciones, es una cosa exquisita. Tan austero, tan despojado, tan profundo y tan denso, comparado con lo de hoy, con el acceso irrestricto, donde no eliges nada.

At.: En Córdoba vinculamos a los Copla con cuestiones de Derechos Humanos, por la presencia en las marchas del 24 de Marzo y con el Parque de la Memoria, por ejemplo. Cómo ves el momento actual, por un lado con hitos como la Megacausa La Perla, y la sentencia, y por otro lado con casos como el de Santiago Maldonado.

R.C.: -Sí, veo una gran vulnerabilidad política que no es casual para nada, y toda una serie de acciones y consecuencias. La vigencia de los Derechos Humanos es en principio una decisión política: que se pueda plantar el tema, para que crezca, se desarrolle y se debata. El gobierno anterior ha hecho eso. Pasa que el tema tiene una dimensión tremenda, que ocupa espacios impensados en cuanto a lo que ha pasado, a las atrocidades que se han cometido, a las consecuencias que han tenido para la sociedad, para los familiares. Por eso cuando se presenta el tema cae con su propio peso y ocupa toda la sociedad. La gente a la que no le interesa que esto suceda, es gente que sabemos que no descansa. La más mínima fisurita es ocupada. El tema del 2x1 ha sido significativo, como también el hecho de que no lo han podido hacer. Pero no van a descansar. Hay que esperar afrentas así, que no eran treinta mil, la teoría de los dos demonios, representantes que estaban aquí y ya no están aquí, y que ahora con un supuesto conocimiento de causa hablan en contra de esta mirada de Memoria, Verdad y Justicia. El presente de los Derechos Humanos está vivo en todos nosotros, pero cada vez va a ser una historia más lejana y cada vez más va a depender de decisiones políticas. Yo tengo un hermano desaparecido, esa historia me ha tocado, pero mis hijos no lo han conocido. ¿Y mis nietos…?  Entonces cuando se convierte en un fenómeno sólo histórico depende de decisiones políticas. Para eso están los intelectuales, los historiadores. Toda esa conspiración que se ha dado en el gobierno anterior para que el tema resucite, no de una manera dolorosa o embroncada, sino de una manera digna y cierta. Y culturalmente hay un aparato tremendo trabajando para instalar cualquier cosa, como hace la publicidad.

No logro entender el tema de la mentira. De que los tipos que tienen voz mientan, y a nadie se le mueva un pelo. Que el presidente diga que vamos creciendo cuando todos los índices propios van para atrás, y no se les mueve un pelo.  La política es el arte del bien común, a esta gente está clarísimo que el bien común les importa un carajo.