La salud como un derecho universal. Charla de Daniel Gollán en Río Ceballos

Agua trae
Daniel Gollán, ex Ministro de Salud de la Nación, estuvo en Río Ceballos en el ciclo de charlas que organizan las agrupaciones “Mujeres por una Patria Inclusiva”, “Encuentro por la Unidad: Isquitipe”, “UNIRCE” y “Mujeres con Cristina”. Con el objetivo de presentar el “Frente Ciudadano por la Salud”, Daniel Gollán y Nicolás Kreplak, ex vice ministro de la misma cartera, sumaban a Río Ceballos a la larga lista de localidades que vienen recorriendo para invitar a la participación activa en la construcción de un programa de salud a largo plazo.   
Elecciones 2019 en Río Ceballos

Las palabras en las que hace pie Gollán cuando habla forman parte de una cadena de sentidos que pocos se atreverían a contradecir: la concepción de la salud como un derecho universal y como una responsabilidad indelegable del Estado, la necesidad de un nuevo contrato social que prime el bien común por encima del interés individual, y la urgencia de una ciudadanía participativa que se involucre en la reconstrucción de un sistema de salud que no sólo reponga los programas que se encuentran hoy desabastecidos -si no clausurados- sino que sea superador de aquel que el propio Gollán llevó a cabo en su rol como Ministro. Sin embargo, aunque cualquiera podría coincidir en estas premisas, las políticas de salud que se vienen implementando desde hace cuatro años en el país van en la dirección opuesta. La coalición neoliberal gobernante responde, sin lugar a dudas, a los principios de su paradigma: la salud es una mercancía, aquellos que hagan mérito suficiente accederán a una salud de calidad, y aquellos que no, no. 

El estado actual del sistema de salud -al que ya no podemos llamar Ministerio porque ha sido degradado a Secretaría- fue uno de los ejes de la charla de Gollán. “En Salud el diagnóstico lo puede hacer cualquiera que esté acá: ustedes pregúntenle a cualquiera que esté en la calle cómo le iba con su obra social antes y cómo le va ahora. ¿Estábamos en la gloria? No, pero estábamos mucho mejor. Lo mismo para los hospitales públicos: qué le pasaba antes y qué le pasa ahora… qué le pasaba con todos los programas como Remediar, Plan Cunita, Plan Sonrisas, Salud Sexual y Procreación Responsable… en fin, todo lo que Nación ponía en el territorio, no solamente como programas rectores de lo que hay que hacer sino también muchas veces financiándolos, porque muchas provincias no tenían la capacidad de sostenerlos”. 

Es para revertir esta situación de precariedad absoluta en un área tan sensible como es la Salud, que surge esta Propuesta de un Sistema Integrado de Salud, cuyo primer objetivo es la creación del Sistema Nacional Integrado de Salud Argentino, (SNISA). Se trata de un sistema mixto con centralidad en el subsector público, de carácter federal, pero fortalecido y articulado en una red nacional en la que los municipios ejerzan un primer nivel de atención con capacidad resolutiva, con Provincias que, desde una mayor infraestructura, brinden atención de mayor complejidad, y donde la Ministerio de Salud de la Nación “ejerza rectoría, construya soberanía sanitaria y cuente con instrumentos que garanticen el derecho a la salud y la equidad global del sistema en todo el territorio nacional”.

Desde luego, el plan implica la restitución de Salud al grado de Ministerio e, incluso, la creación de un Fondo Nacional de Salud. Pero si hay algo que dejó en claro Gollán es que nuestro país tiene un sistema de salud tan costoso como ineficiente, por lo que, además de un aumento de fondos que garantice la ejecución del programa, es necesario reestructurar la forma en que se atiende a cada uno de los pacientes, en cada una de las especialidades y sea cual sea el grado de complejidad.

Dos relatos hiper ilustrativos

Gollán habla con un lenguaje llano, sin tecnicismos. Cuando habla no es ni médico ni ministro, es un militante. Apeló a dos relatos en primera persona que bastaron para entender la deficiencia de nuestro sistema de salud y el camino de esta reestructuración.

El primer relato es una historia familiar para cualquiera de nosotros. En la época en que Gollán trabajaba como médico en un hospital público, atendió a una señora con un fuerte dolor en el pecho. Antes de llegar a su consultorio, la señora había pasado por una guardia que, sin revisarla en absoluto, la había derivado a un cardiólogo. El cardiólogo, sin siquiera tocarle el pecho, le había pedido un electrocardiograma. Entre días perdidos y angustias ganadas, la señora vuelve al consultorio del cardiólogo con electrocardiograma en mano y éste le responde: “El corazón no es. El electro está diez puntos. Vaya a ver a un pulmonólogo”. La pobre señora sigue el derrotero: el pulmonólogo le pide, antes de revisarla, una plaquita. La señora sigue girando por el sistema de salud aún sin diagnóstico. Cuando vuelve al pulmonólogo, éste ve la plaquita y dice: “Los pulmones están como nuevos. No sé qué será pero los pulmones no son”. Después de todos estos días perdidos en vano y con el dolor en el pecho intacto, la señora recala en el consultorio de Gollán. Bastaron tres minutos para auscultarla y descubrir una osteocondritis, es decir, una inflamación del cartílago que se resuelve con un simple desinflamatorio. 

Segundo relato, casi complemento del anterior. En una oportunidad en la que Gollán se encontraba en Barcelona se cruzó en la calle con una manifestación de trabajadores de la salud que gritaban “¡Siete! ¡Siete! ¡Siete!”. Como no terminaba de entender el motivo de la marcha y la consigna, le preguntó a uno de los manifestantes por qué gritaban “siete”. Entonces le respondieron que estaban luchando para que les permitan tener consultas de siete minutos y no se las bajaran a cuatro. ¿Qué tipo de diagnóstico se puede tener en cuatro minutos? Tampoco en siete puede detectarse el origen de una dolencia. Digamos que no puede hacerse mucho más que agarrar la birome y el recetario. No se puede supeditar un sistema de salud a un mínimo de pacientes por hora impuesto por quienes ven en la salud una máquina de monedas. 

Nuestro sistema de salud es carísimo porque por dolencias menores, una osteocondritis, pone a una paciente a deambular por placas, electrocardiogramas y especialistas, pudiendo resolverlo en una consulta de atención primaria que permita tener el tiempo de auscultar al paciente que le duele el pecho. Parece hasta inverosímil, pero todos sabemos que así funciona. 

Entonces, la reestructuración empieza ahí: en una atención primaria que humanice la atención, que garantice un seguimiento correcto de los paciente, y que promueva la salud y no la enfermedad.

Ciudadanía participativa

“¿Cómo vamos a hacer sustentable un proceso de modificación de una realidad que hoy es terrible? Solamente va a ser posible si hay miles y miles de argentina que se involucren para llevar a cabo ese proceso. Nadie se ilusiones que un buen ministro, tres bueno secretarios, un buen “equipo” como le dicen ahora, van a poder revertir el proceso de saqueo y deterioro al que se ve llevado el sistema de salud. Es preciso una gran participación popular que es, creo yo, nuestro deber como ciudadanos. Se trata, nada más y nada menos, que de defender nuestros derechos. No podemos permitir que vuelvan estos modelos que tanto daño le hacen a nuestro pueblo. Porque todos, algunos más otros menos, estamos sufriendo este desastre. Todos los argentinos menos un grupo muy, pero muy pequeño que realmente se está llevando la riqueza del país a paladas. Y no es una metáfora, son cifras exactas: ciento cuarenta y ocho mil millones de dólares, en cuatro años, de un país que estaba desendeudado. Así que la situación es con todas y todos. Esto implica que todos y todas participe.” 

A esto vinieron Gollán y Kréplak: a decirnos que si no es entre todos y todas, este muerto no se levanta más. A invitarnos a meternos, a comprometernos ya con esta realidad que sabemos que no da para más. Ya ni siquiera se trata de mirar para otro lado para no ver la realidad que golpea al prójimo. Se trata de nuestra propia realidad, de hacernos cargo de nosotros mismos. Así de simple: o nos metemos, o nos terminan de sacar, para siempre, de cualquier derecho.